Memorias de un Ciclista.-
Qué jornada nos ha regalado el Giro, amigos. De las que te dejan con esa sensación agridulce de haber presenciado algo especial. La 13ª etapa, Alessandria-Verbania, 189 kilómetros que sobre el papel parecían una transición tranquila, pero que acabaron siendo una prueba de gloria y sufrimiento. La carrera comenzó con calma, rodando entre arrozales y los suaves paisajes del Piamonte, pero la carretera, como siempre, guardaba su veneno para el final.
Durante más de cien kilómetros, el pelotón fue un hervidero constante. Ataques, contrataques, equipos moviendo fichas para intentar colar a sus hombres en la fuga. Finalmente, se formó una escapada de quince corredores con ganas de guerra. El grupo logró una ventaja de dos minutos y medio, y ahí comenzó la verdadera etapa. Bettiol, con esa cara de zorro viejo que tiene, se movió con inteligencia. Esperó, midió sus fuerzas y, cuando llegó la subida a Ungiasca, soltó el hachazo definitivo. Cuatro coma siete kilómetros al siete por ciento de media, con rampas que alcanzaban el trece por ciento. Un ataque limpio, seco, de los que te dejan sin aliento. Coronó como un poseso y ya no miró atrás. Entró en Verbania con 26 segundos de ventaja. Una victoria grande, de las que se celebran con el corazón.
Detrás, Leknessund y Stuyven se vaciaron por el segundo y tercer puesto, pero el día era del toscano. Y en Verbania, tierra de Ganna, el Gigante lo intentó con toda su potencia descomunal, pero la carretera esta vez le negó el capricho. Duele, sí. Este deporte te da abrazos y tortas en la misma mano.
En la clasificación general, la cosa sigue tensa pero controlada. Afonso Eulálio sigue vistiendo la maglia rosa con una madurez impropia de su edad. El portugués de Bahrain Victorious no solo mantiene los 33 segundos sobre Jonas Vingegaard, sino que transmite una serenidad que impone. A lo largo de la etapa se le vio bien colocado, siempre vigilante, sin gastar energías innecesarias. Sabe que la carrera es larga y que los golpes de verdad llegarán en las etapas de alta montaña que aún quedan. Es un líder sólido, con cabeza fría y piernas que responden cuando toca.
Vingegaard, por su parte, sigue ahí, acechando como un lobo. El danés no movió la general hoy, pero se le notaba atento, bien protegido por su equipo. No encontró el momento para lanzar un ataque serio, quizá guardando fuerzas para días más duros. Otros favoritos como los colombianos y algún italiano más también pasaron el día sin grandes sustos, pero conscientes de que la carrera sigue abierta. Nadie regala nada.
Me quedo con esa mezcla perfecta de ambición en la fuga y cálculo en el pelotón. Los sprinters puros como Milan o Magnier sufrieron de lo lindo en las rampas finales. Mientras tanto, corredores más completos como Narváez o Turner rondaron las opciones de victoria, pero no pudieron rematar. Al final, premio para el más listo y con más hambre.
Bettiol levantó los brazos en meta con esa sonrisa contenida, puños cerrados y el rugido del público italiano de fondo junto al lago Maggiore. Momentos como este son los que nos recuerdan por qué seguimos enganchados a este deporte tan duro y tan hermoso: porque es imprevisible, porque duele de verdad y porque, de repente, un tipo que no era el favorito se lleva toda la luz.
Ha sido un placer narrarles esta batalla. Si han disfrutado tanto como yo, les espero cada día en la página y en mis crónicas personales. La carretera no descansa, y nosotros tampoco.
No olvidéis pasaros todos los días por la página y seguir mis crónicas personales.








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