Por Juan Larra.-
De Ciclismo al Día.-
En los últimos días se ha publicado en varios medios especializados que Jonas Vingegaard está confirmado para participar en el Giro de Italia de 2026, un paso que según Cycling News y Cycling Weekly podría suponer su primera participación en la Corsa Rosa con el objetivo de completar el palmarés de las tres Grandes Vueltas, uniéndose a una élite histórica que incluye a nombres como Eddy Merckx, Alberto Contador o Bernard Hinault.
Estas informaciones señalan que ya existiría un acuerdo con el organizador RCS para que el danés debute en el Giro en mayo de 2026 como parte de su calendario de temporada.
A primera vista, la idea de que Vingegaard busque conquistar el Giro de Italia —la única Gran Vuelta que falta para él tras haber ganado el Tour de Francia en 2022 y 2023 y la Vuelta a España en 2025— parece una aspiración deportiva natural. Sin embargo, desde un punto de vista estratégico de preparación para el Tour de Francia 2026 y de rivalidad directa con Tadej Pogacar, esta decisión supone un error.
Mi argumento se basa en lo que ha ocurrido en los últimos años cuando ambos competidores han tratado de estructurar sus calendarios de temporada frente al mayor objetivo del ciclismo, el Tour de Francia. Para evaluarlo hay que separar la planificación estratégica de rendimiento de la mera ambición de palmarés.
En 2022 y 2023, Vingegaard se alzó con la victoria en el Tour de Francia en dos ediciones consecutivas, consolidándose como uno de los grandes vueltómanos del pelotón y, sobre el papel, el rival a batir. En 2023 en particular, lideró el control de la carrera desde etapa temprana, dominó aspectos como la contrarreloj de la etapa 16 y exhibió una forma física que le permitió superar a Pogacar en momentos claves. Las estadísticas publicadas por ProCyclingStats confirman que Vingegaard fue superior en varios segmentos de la carrera, incluyendo el tiempo contrarreloj y etapas montañosas decisivas, cuando llegó con preparación específica para el Tour.
Sin embargo, tras esas dos victorias vino un cambio notable en la trayectoria de ambos corredores. En 2024, Pogacar decidió correr el Giro de Italia y el Tour de Francia en la misma temporada y logró la hazaña de ganar ambas pruebas, siendo la primera vez desde 1998 que un corredor completaba esa doble victoria.
Ese Giro previo al Tour parece haber servido como un impulso específico para el esloveno, aunque con el coste físico lógico que supone disputar una Gran Vuelta antes de julio. Al mismo tiempo, Vingegaard sufrió una caída en la Itzulia Basque Country, lo que se considera ampliamente entre analistas como un factor que comprometió su preparación para el Tour y que redujo su rendimiento frente a Pogacar en julio.
El patrón se repitió en 2025. Tras una temporada marcada de nuevo por problemas físicos y molestias, Vingegaard no logró llegar a la salida del Tour con la forma ideal. El resultado fue otra victoria de Pogacar en el Tour de Francia, esta vez con una ventaja de más de cuatro minutos en la clasificación general, incluyendo varios triunfos de etapa y dominando la carrera de manera convincente. El propio periódico The Guardian destacó que Pogacar consiguió su cuarto título del Tour de Francia con una actuación que reflejó tanto consistencia como superioridad en los momentos críticos de la carrera.
La fatiga de Pogacar
Algo que pasó más desapercibido en la cobertura general fue, sin embargo, la evidente fatiga de Pogacar al final de ese Tour de Francia 2025. Según crónicas especializadas, y como él mismo reconoció tras la última etapa, el esloveno terminó la carrera muy cansado, algo que es lógico tras un esfuerzo extraordinario durante tres semanas unido a un inicio de campaña durísimo luchando contra Mathieu van der Poel por varios monumentos, algo que volverá a hacer en este 2026.
Precisamente ahí radica mi argumento principal: si Vingegaard dedicara la temporada de 2026 a una preparación específica para el Tour de Francia, evitando el desgaste propio de una Gran Vuelta como el Giro de Italia, podría llegar a julio con mejores condiciones para competir directamente contra Pogacar y, sobre todo, aprovechar el cansancio que el esloveno seguro que acumula queriendo repetir en Flandes y Lieja y ganar por primera vez San Remo y Roubaix.
Correr el Giro implica, en términos físicos y fisiológicos, tres semanas de competición de alta demanda en montaña, contra reloj y etapas de tensión constante. Incluso los mejores corredores del mundo pagan ese esfuerzo con recuperación, ajustes de calendario y gestión de lesiones previas. En el contexto de un objetivo tan específico como el Tour de Francia, esa carga de kilómetros y esfuerzos puede resultar en un mayor déficit de frescura en el momento clave: las dos últimas semanas de julio, donde se deciden la mayoría de los Tours.
Por el contrario, Pogacar ha demostrado en temporadas recientes que puede tolerar calendarios intensos con múltiples objetivos de alto nivel en primavera sin que ello le impida mantener un altísimo rendimiento en julio. Su participación en clásicos importantes, carreras por etapas previas y esfuerzos añadidos no se han traducido en un detrimento significativo de su rendimiento general en el Tour, al punto de sumar cuatro títulos a su palmarés y colocarse como una referencia de consistencia competitiva en el ciclismo actual. Esa resistencia a la fatiga acumulada y su capacidad para competir en pruebas anteriores al Tour sin perder competitividad parecen situarlo en una ventaja psicológica y física frente a rivales que necesitan priorizar un solo objetivo de temporada.
Entiendo perfectamente que completar las tres Grandes Vueltas en el palmarés es una ambición deportiva considerable. Ganar el Giro de Italia, el Tour de Francia y la Vuelta a España coloca a cualquier ciclista en una liga histórica de pocos corredores que han mostrado versatilidad y fuerza extrema. Sin embargo, la pregunta estratégica correcta es: ¿eso maximiza las posibilidades de derrotar directamente a tu principal rival en el objetivo más importante del año? Para mí, la respuesta es no.
Si Vingegaard quiere derrotar a Pogacar en julio de 2026 en el Tour de Francia, su mejor oportunidad hubiese sido plantear una temporada donde la preparación específica y la gestión de cargas físicas estuvieran orientadas únicamente a llegar al Tour con el mejor estado de forma posible, aprovechando cualquier debilidad física mostrada por su rival el año anterior. En lugar de ello, al optar por competir en el Giro —una prueba que exige enormes recursos físicos y mentales sólo seis semanas antes de la Grande Boucle— está eligiendo diluir sus posibilidades reales de obtener un mejor rendimiento en julio.







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