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| La religión y la política van de la mano, al final de la jornada convergen y como siamesas, y se reparten el poder. |
Por Alejandro Almánzar.-
Las primeras manifestaciones religiosas se remontan a decenas de miles de años. Antes de existir ciudades o estados, los humanos ya practicaban rituales, enterraban a sus muertos con objetos simbólicos y creían en fuerzas superiores, mientras la política surge, cuando grupos humanos crecen y necesitan reglas, liderazgo y toma de decisiones, ocurrió especialmente con las primeras civilizaciones en Mesopotamia y Egipto con jerarquías sociales compuestas por reyes y leyes.
Con objetivos distintos, pero al final de la jornada convergen y como siamesas, se reparten el poder tanto, que nadie está tan seguro quién tiene más control sobre la humanidad. Pero indiscutiblemente, el mundo ha sido dominado por estos dos fenómenos que determinan la vida y existencia de la gente, aunque el desgaste de ambas ya es palpable.
Al principio, ambas representaban pilares fundamentales, sobre los cuales se sostenía la humanidad. Una guiaba el orden colectivo; la otra, la conciencia individual, con sus virtudes y defectos, ofrecían sentido, dirección y propósitos. Hoy, sin embargo, el descrédito de una y otra ha dejado de ser consecuencia para convertirse en un sistema.
El ciudadano ya no desconfía por episodios aislados de corrupción o incoherencia, sino porque ha aprendido con el tiempo, que detrás de muchos discursos no hay convicción, sino cálculo. La política, en demasiados casos, ha abandonado su vocación de servicio para convertirse en maquinaria de poder, donde la verdad es flexible y los principios negociables.
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| Alejandro Almánzar, autor de este artículo de opinión. |
El lenguaje político se ha vaciado de contenido; promesas recicladas, indignación selectiva y una constante manipulación emocional que sustituye el debate de las ideas. Pero la religión, llamada a ser refugio moral y espiritual, también ha sido arrastrada por la misma corriente, por ejemplo, en Occidente, cuna del cristianismo, la percepción es que esto es lo que sustenta imperios desde Constantino. Por eso, no son extraños escándalos, abusos de poder, enriquecimiento indebido y una desconexión creciente con las realidades sociales que han erosionado la confianza de millones, que tanto por la política, como la religión sólo se sienten dogmatizados y usados como mercancías baratas.
Las instituciones religiosas ya no representan la fe, sino estructuras que, en ocasiones, parecen más interesadas en preservar privilegios que en practicar los valores que predican. El problema se complica, porque no se trata únicamente de errores humanos evitables, sino de una pérdida sistemática de credibilidad.
Cuando la gente deja de creer, no sólo abandona partidos o templos; abandona la idea misma de que existe algo digno de ser seguido y esto tiene consecuencias peligrosas, pues una sociedad que no cree en sus líderes políticos, ni en sus «referentes espirituales», queda como barco a la deriva.
Entonces, surgen el cinismo, la apatía y, en casos extremos, la radicalización. El vacío de confianza no permanece por mucho tiempo, lo ocupan el populismo, las teorías conspirativas u oportunistas, que prometen soluciones simples a problemas complejos, cuando la solución no está en destruir estas instituciones, sino en reconstruirlas desde la raíz.
La política necesita reencontrarse con la ética, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. La religión, por su parte, debe volver a su esencia, servir, acompañar, consolar y actuar con humildad, porque al final, tanto en política como en religión, la confianza no se exige, ni se impone; se gana. Y ya perdida, no bastan discursos para recuperarla, se necesitan hechos, sacrificios y, sobre todo, sinceridad.








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